… que se llama Beelitz-Heilstätten (o Silencio, Hospital)

Silencio, Hospital

Cuatro días libres, cuánto tiempo. Hay gente que iría a un centro comercial, otros a Disney (aunque algún lector mencionara que lo nuestro acá se parece precisamente a eso…), otros se quedarían en casa mirando la tele, nosotros preferimos algo un poco más movido (aunque tampoco demasiado, se va notando la edad, sobre todo al día siguiente).

Comandados por la australiana amiga de Ana, tomamos el tren, junto a nuestro grupo multi-kulti, rumbo a Beelitz-Heilstätten. El nombre da una primera pista, Heilstätte en alemán significa sanatorio, pero no uno cualquiera, sino un complejo de 60 edificios en un área 200 hectáreas. Construido en 1898, y en manos de los rusos durante los 50 años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, fue cerrado en 1994 con su retirada, y nunca pudo ser reconvertido o privatizado del todo. Varios edificios, entre los cuales están la cirugía y el psiquiátrico fueron abandonados en el año 2000.

Se fueron todos

Así que ahí fuimos, luego de un viaje de casi una hora llegamos a destino, reunimos las 10 personas que éramos, y empezamos a caminar pensando en lo que nos esperaba. La primera idea fue: “somos un grupo demasiado grande, y fácilmente identificable”. El lugar, deben saber, no está abierto al público, fue clausurado definitivamente en mayo del 2010 luego de una nueva muerte en el predio (habían sido varias a lo largo del tiempo). Pasamos por la entrada principal, donde había un restaurante abierto (del cual decían que si veían intrusos entrar al predio, llamaba a la policía), seguimos a lo largo de un muro buscando como entrar. Recorrimos un kilómetro (y mentalmente ya estábamos escalando dicho muro) cuando de pronto, ahí mismo se acabo. Ni cerco ni nada, el bosque y un caminito hacia el sanatorio, estaba delante de nosotros. Muy gracioso considerando nuestros planes de aventura. Cuando llegamos al primer edificio abandonado, nos cruzamos con una familia que habíamos visto en el tren. Simpático paseo familiar, pensamos (al padre y al hijo lo volvimos a ver varias veces fuera y dentro de otros edificios).

Bienvenidos, los estábamos esperando

Hasta acá había sido todo demasiado fácil. Ni rastro de vigilante, ni rastro de la Policía, y ahora el paseo incluso era familiar. Llegamos al edificio de la cirugía, y ahí vimos que no iba a ser tan fácil entrar. La planta baja, con todas sus ventanas y puertas, estaba totalmente tapiada. Las ventanas de la primera y segunda planta estaban abiertas, pero como no teníamos a mano ni escalera ni material para escalar, resultaba imposible entrar así. Las ganas eran tales, que algunos se empezaron a poner impacientes. La primera, una canadiense, vio un hueco que daba al sótano, y por ahí se metió. A los 2 minutos estaba de regreso, con una pierna abierta, tendón a la vista. Gran comienzo. No volvimos a usar ésta entrada y como era el único que hablaba alemán del grupo, me tocó acompañarla a un puesto de emergencia que habíamos visto al lado de la estación (me imagino, que lo pusieron ahí, precisamente por éstos casos). Muy amables, todos con sus sandalias con medias blancas, resultaron de poca ayuda, porque no tenían aguja para coserle la herida. La desinfectaron, y aconsejaron ir a un hospital en las próximas 6 horas para evitar mayores daños.

Edificio de cirugía

Ahí mismo se le terminó a la más intrépida su aventura, y se tomó un tren de regreso a Berlín junto con su otra amiga. Mientras tanto, recibíamos mensajes de texto de los otros, que habían logrado entrar al edificio usando una mesa de apoyo para entrar al primer piso (me sigo preguntando de dónde salió esa mesa). Con la imagen de la herida y el tendón fuera, volvimos al sanatorio abandonado con sentimientos encontrados, pero pese a lo presenciado, ganaron las ganas de entrar. Gracias a la bendita mesa, con pocos esfuerzos, y piernas intactas, entramos al edificio de la vieja cirugía. Tampoco había agujas acá, y de hecho, ya no había nada de nada, sólo un enorme y tétrico lugar para explorar. Recorrimos las habitaciones del primer y segundo piso vacías, llenas de grafitis y escombros, la pintura de la pared cayéndose (o ya totalmente caída), los cristales de las ventanas rotos, y sobre todo, mucho silencio. Lugar ideal para rodar una película de terror, o directamente para hacerla realidad, como pensó la “Bestia de Beelitz” (o el “Gigante Rosa” por su color preferido de ropa interior femenina), un asesino en serie que en los 90 mató a varias mujeres en éste predio.

Suban, los estamos esperando

Éstas y otras historias, como los dos jóvenes que borrachos y de noche, fallecieron en uno de los edificios abandonados, acompañaron el paseo. Luego de no dejar centímetro sin explorar, volvimos al aire libre, y decidimos recuperar energías con un copioso picnic. Luego de descanso, siesta incluida, retomamos la exploración. Entramos a una obra abandonada, igual de interesante, aunque con acceso más fácil, y luego para redondear un gran día nos metimos a otro edifico abandonado, nuevamente por una ventana, ésta de medidas mucho más reducida. Éste último lugar era un colegio o algo similar (no logramos verificarlo), y estaba lleno de dibujos, letras y propaganda rusa. Menos lúgubre que el primer edificio, pero igual de llamativo. Luego de más de seis horas de paseo, y cientas de fotos después, nos tomamos el tren de regreso. No fuimos detenidos, no hubo más heridas que lamentar, y pese a la prohibición de acceder al predio, nos cruzamos con varias personas más, tanto dentro como fuera de los edificios.

Un gran lugar para descubrir, les dejamos algunas fotitos en Flickr, pero debido a su estado lamentable, que con el tiempo sólo empeorará (salvo que llueva dinero del cielo, parece no haber forma de salvarlo), no le queda mucho tiempo de uso turístico. Investiguen un poco antes de ir (sólo comparando éstas fotos de un visitante anterior con las nuestras, ven claramente lo rápido que se está deteriorando).

Ubícalo en tu Tropimapa: Beelitz-Heilstätten

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