Angry chicken (un pollo coreano y enojado)

Gloriosa combinación: cartel - camiseta

Lo coreano siempre me gustó. Su grandiosa y grotesca Oldboy, su colorido bibimbap, su llamativa letra y una forma muy práctica de hacer política. Me refiero a lo coreano del sur, claro. Con el norte tuve menos encuentros, salvo éste simpatiquísimo (y recomendado) comic.

Algún día iremos (desde Berlín el vuelo a Seúl, dura una eternidad y es caro, así que es como volver a casa pero llegar más rápido y pagar menos…), pero mientras tanto nos gusta ver lo que hay más cerca. En Berlín, según dicen, el año pasado fue mexicano y coreano. Se consolidaron ambas cocinas, y aunque con lo mexicano todavía no estemos 100% convencidos, lo coreano sí que promete. Ya sólo la esquina de Skalitzer 36 en Kreuzberg tiene todo lo que hace falta para ganar adeptos: restaurante coreano, bar coreano y fast food coreano. Decidimos empezar por éste último, su nombre, Angry Chicken (so so angry) tenía pinta de apuesta segura. Logramos entrar, no fue tarea fácil, el cartel con el nombre es tan fluorescente que casi cega. Una vez dentro, el “bolichito” parece el baño de un estacionamiento público caído dentro de un tarro de colores fluorescentes. Y lo asombroso es que se ve bien. Funcional a más no poder, la mitad del local le pertenece a los cocineros, la otra a los clientes. El menú es breve, al que no le gusta el pollo frito, que no venga. Porque eso es lo que hay: pollo frito. Y además papas fritas (dulces o normales). Y punto. Eso sí: hay 5 tipos de pollo frito (desde muy picante o so so angry chicken hasta el clásico pollo-frito-de-toda-la-vida o friendly chicken).

Pedimos 6 piezas c/u, yo las de ajo soja, y Ana las normales, y además compartimos unas papas dulces con salsa Gochujang (algo así como una mayonesa coreana). Todo “servido” en cestitas de plástico al mejor estilo restaurante-de-barrio (el “servido” va así, porque al ser un autoservicio… no hay nadie que realmente sirva la comida). Acompañamos el menú con cerveza Hite y jugo de uva coreano. Mi pollo me encantó y ya tengo ganas de repetir, la próxima vez me animaré a probar alguno de los más picantes. El de Ana fue correcto, o como decía su nombre… clásico. Ambos pollos bien hechos, y muy poco grasosos – punto a favor. A las papas dulces Ana las acusó de ser plátanos, lo que en realidad equivale a un elogio.

Todo por EUR 15. Precio razonable, la comida no es cara (6 piezas por EUR 3), pero las bebidas para Berlín sí (por EUR 3 que costó mi cerveza, normalmente dan dos).

Redondean el ambiente una bonita cajera-camarera oriental como salida de un comercial coreano (del video, la que está buena) y un cocinero de algún país oriental de tez oscura…(no logramos identificarlo).

Ah, pero qué manía con la música electrónica en ésta ciudad… pese a esto último volveremos, y la próxima vez en combinación con el bar que está al lado. Eso sí, si tienen hambre, pídanse más de 6 piezas, porque la verdad, me quedé un poco corto.

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